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Domingo, 05 de Septiembre de 2010
Bolivia: Misión al planeta Uyuni
Fecha de publicación: 23/11/2009
Fuente: Julia E. Raggio
 El gran salar de Uyuni es el más extenso y es también el más alto; se encuentra a 3660 metros sobre el nivel del mar, igual que la ciudad de La Paz.
El gran salar de Uyuni es el más extenso y es también el más alto; se encuentra a 3660 metros sobre el nivel del mar, igual que la ciudad de La Paz.
Bolivia: Misión al planeta Uyuni

Por Julia E. Raggio
Enviada especial
DIARIO LA NACION, ARGENTINA
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1202354&pid=7728718&toi=6482

Sentir la sal bajo los pies, caminar sobre esa superficie dura, tocarla, sentarse sobre ella, observarla, perder la mirada en el horizonte y volver a caminar ese suelo blanquísimo. Y sin ningún apuro, con una paz casi oriental, comenzar otra vez con el ritual; sentir la sal bajo los pies, caminar sobre esa superficie dura, tocarla. Hasta que, finalmente, el gran salar de Uyuni se muestre ante uno, se dé a conocer a los sentidos y los despierte con sensaciones inesperadas.

En el departamento de Potosí, al sudoeste de Bolivia, ese inmenso desierto salado seduce con su esencia; una mezcla casi narcótica de misticismo, magia, tradición viva y serenidad que impregna el aire. Una mezcla de influjos poderosísima que hace perder la noción de que existe un tiempo real y un presente diferentes a los del salar. Rendidos ante su encanto, ya no importa si serán horas, minutos o segundos lo que pueda durar esta aventura.

El aura de misterio que se extiende sobre una llanura salina de 12.000 kilómetros cuadrados, en medio de la cordillera de los Andes, hace del salar más grande del mundo un lugar único. Es uno de los destinos naturales preferidos entre los viajeros jóvenes argentinos y se ha convertido en uno de los lugares turísticos más importantes de Bolivia, hasta tal punto que se está construyendo un aeropuerto internacional en las afueras del pueblo de Uyuni para que el turismo extranjero -en su mayoría, europeo- pueda volar directo hasta allí.

El gran salar de Uyuni no sólo es el más extenso, sino que es también el más alto; se encuentra a 3660 metros sobre el nivel del mar, igual que la ciudad de La Paz, capital del país. Aunque al ojo humano parece una planicie interminable, en la que se pierde el horizonte, no hay que olvidarse de caminar lentamente y evitar grandes esfuerzos. Dada su extensión y las distancias por recorrer, la excursión se hace en 4x4 y lo más aconsejable es ir acompañado por un guía contratado en Uyuni -a media hora del salar-, ya que es fácil perderse y muy difícil encontrar el camino de vuelta.

En la sal, el reflejo del sol tiene el mismo efecto que en la nieve, por eso es necesario tomar ciertos recaudos y usar anteojos de sol, gorro y bloqueador solar para terminar sin más secuelas que las que puede dejar el paisaje surrealista de un atardecer en el salar. Junto con el amanecer, son los dos mejores momentos del día para sentarse en el suelo y contemplar la riqueza natural en silencio. Y cuando cae la noche hay que abrigarse; el frío puede alcanzar fácilmente los -14°C o más.

Tanto las palabras salar como salina son adecuadas para referirse a una cuenca en la que se ha acumulado suficiente cantidad de cloruro de sodio como para ser explotada. Son cuencas endorreicas, es decir, sin salida a ningún río que conduzca al mar. Entonces, cuando llueve el agua permanece allí hasta evaporarse, lo que contribuye a la concentración de sales.

Pero el agua de lluvia no es la única que hay en el salar. Si uno se sienta sobre el suelo, a los pocos segundos empieza a sentir un frío y una humedad que traspasan la ropa; sucede que debajo de la superficie corren canales de agua, que aprovechan las capas más débiles para asomarse. Así se forman los ojos del salar, ojos de agua de hasta dos metros de profundidad que tornan muy peligroso manejar a gran velocidad y fuera de las huellas.

El agua es diez veces más salada que la del mar. También es muy rica en minerales y parecería que estuviera hirviendo por su constante y ruidoso gorgoteo, pero en verdad es muy fría. A través de esos ojos naranja, por el efecto de la oxidación, el gigante blanco respira.

En las orillas del salar también hay más respiraderos; se forman bateas de agua de uno a tres metros de profundidad y 20 de largo. Por eso, Beimar Mestilla, el guía que acompaña a LA NACION, insiste tanto con que hay que abandonar el salar por alguna de sus ocho salidas, porque el riesgo de empantanarse es muy alto y las probabilidades de encontrar ayuda rápido, bastante bajas. A Mestilla le sucedió una vez y tuvo que abandonar a los turistas que conducía para ir en busca de ayuda. "Caminé un día entero hasta que encontré gente que me ayudara a rescatarlos -relata-. Si uno se pierde hay que tener en cuenta que el viento siempre sopla del Noroeste, porque la corriente del Pacífico, que viene de Perú, pasa por encima de la Cordillera y se encajona en el salar", explica.

Una moneda devaluada

Los habitantes de Colchani, de origen aimara, son los únicos que viven de la explotación de la sal. En ese pueblito, al borde del gran salar, han formado la Cooperativa Rosario. Sin embargo, no pueden penetrar muchos kilómetros en el salar por falta de medios. Extraen la sal con palas y forman montañitas para que se escurra el agua. Luego la trasladan hasta sus rudimentarios talleres donde terminan el proceso de secado en hornos. Por último, las cholitas la empaquetan manualmente en bolsas de casi un kilo y las sellan con el fuego de una garrafa.

Este oro blanco, que en algún momento se usó como moneda de cambio, hoy está bastante devaluado. En algunos lugares más que en otros; 50 kilos de sal se pagan 1,25 dólares en Colchani, mientras que en la frontera con Brasil se venden a 50.

A medida que la camioneta avanza, Colchani queda atrás y es común ser engañado por algún espejismo lejano, como el de una montaña que se espeja sobre el suelo. Pero en la época de lluvias, durante el verano, es cuando suele generarse mayor confusión; el salar está cubierto de agua y todo el paisaje, incluso uno mismo, se refleja a la perfección y se vuelve difícil distinguir el cielo de la tierra.

Momias andinas

El volcán Tunupa está en una de las orillas del gran salar. No está en actividad y su altura es de 5432 metros sobre el nivel del mar; los que están en mejor estado físico lo escalan hasta el borde de su cráter rosado. A los pies del Tunupa descansan varios pueblitos casi abandonados, porque los más jóvenes se van a buscar trabajo a Chile por su cercanía. Los que todavía viven allí cultivan papa y quinoa en las laderas, por las que suben y bajan cercos de pircas en una especie de patchwork de cuadrados y rectángulos irregulares. En algunos de ellos agrupan las rocas, mientras que en los otros siembran.

Uno de los pueblitos se llama Coquesa y para acceder hay que cruzar una zona pantanosa, producto del agua a orillas del salar. Allí los flamencos hunden sus patas en el barro y buscan su alimento. El flamenco de James, el Andino y el Austral habitan el lugar junto con 89 variedades más de aves.

En Coquesa se visita el Museo de las Momias, que es una tumba en una pequeña cueva. Se puede ascender unos metros en camioneta. Luego hay que caminar por un sendero hasta llegar al borde de un cañón, desde donde se divisa el cementerio de esa comunidad aimara. La cueva está a escasos metros y guarda cinco momias del año 700 después de Cristo que conservan casi intactas parte de la piel, del pelo, las uñas y el manto que las envuelve por el clima frío y seco del Altiplano boliviano. A su alrededor tienen utensilios, como vasijas, que se les colocaban para que se los llevaran a la vida nueva. También les han dejado hojas de coca que aún están verdes. Los pobladores todavía se acuerdan de esos ancestros y les rinden culto con ese tipo de ofrendas.

ISLA DEL PESCADO

En el gran salar hay entre 72 y 78 islas (la más pequeña mide tres metros de diámetro). La isla del Pescado o isla Incahuasi se encuentra justo en el centro del salar. Es una formación rocosa en la que se erige un bosque de cactos gigantes, que miden entre 10 y 12 metros, y tienen hasta 1200 años. En el período de lluvias se hinchan de agua; la almacenan para cuando escasea. Ulala es el nombre de su flor blanca, que cuando muere da un fruto, la pascana. Como no hay otro tipo de vegetación, los pueblos aledaños usan la madera de cactos para vigas, puertas y ventanas.

Incahuasi es una formación volcánica de 700.000 años. Los dos tipos de rocas que la conforman son el basalto, que es negra, y la rigolita, rojiza. Algunas de éstas aún tienen restos de corales aferradísimos. Es que el salar fue durante el pleistoceno un mar interno de hasta 70 metros de profundidad, que comprendía también al Titicaca. Pero 10.000 años atrás se produjo su desecación.

En la cima de la isla se encuentra el punto central del salar, que ofrece una vista panorámica de 360°. Después de haber trepado hasta allí no está demás sentarse a descansar y, mientras se recupera el aire, esperar que acontezca ese algo inesperado que uno ha estado aguardando desde que dio el primer paso en el salar. El guía explica que en ese lugar los aimaras hacían sus sacrificios. "En honor a esa tradición, cada 1° de agosto se celebra aquí el Día de la Pachamama con una enorme fiesta que convoca a todos los habitantes de los pueblos cercanos, en la que se sacrifican llamas y se come su carne. Sin embargo, no es necesario esperar a ese día para hacerle una ofrenda", dice Mestilla e invita a rendirle culto en ese preciso momento, pidiendo tres deseos y convidándole tres tragos de whisky.

SUEÑOS SALADOS

Una manera de vivir la experiencia completa es alojarse en el Hotel Palacio de Sal, situado en Colchani, a orillas del Gran Salar. Fue seleccionado como uno de los hoteles más insólitos en varios rankings, como el de la revista Travel and Leisure, y pasar la noche allí es, sin duda, una aventura en sí misma. Sin teléfono, ni señal en los celulares, la desconexión del mundo es total.

Las paredes son bloques de sal; el piso es sal y caminar sobre él produce la misma sensación que hacerlo por la playa, pero con arena blanca y salada bajo los pies. También son de sal las sillas, mesas, camas y las esculturas que decoran su interior. Si bien hoy ya son cuatro los hoteles de sal en Uyuni, el guía asegura que es el único hecho enteramente así y su antecesor, el hotel Playa Blanca -también de la empresa Hidalgo Tours- fue el primero en el mundo.
Luego, sus dueños lo cerraron y construyeron el Palacio de Sal. La cocina del hotel ofrece platos autóctonos, como la carne de llama, que es muy magra y no incide en la formación de colesterol, o cocinados con sal extraída del salar, como un pollo a la sal. A la hora de dormir, la cama aguarda con varias capas de frazadas y cobijas para protegerse del frío, que también se siente dentro del hotel. Las habitaciones son como igloos; con el techo y de ladrillos de sal, de los que cuelgan puntiagudas estalactitas que apuntan directo a la cama; ¡miedosos abstenerse!.
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