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Los vuelos de la muerte
Fecha de publicación: 25/11/2009
Fuente: Diario Cambio
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Los vuelos de la muerte
DIARIO CAMBIO, LA PAZ.
A un tercio de siglo de los aberrantes crímenes de los uniformados argentinos, la justicia española continúa con la detención de militares por arrojar personas vivas al mar durante la dictadura que gobernó Argentina entre 1976 y 1983, que dejó alrededor de 30 mil muertos y desaparecidos.
Uno de los primeros detenidos fue el capitán Adolfo Scilingo, quien confirmó los relatos de los sobrevivientes de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) sobre los vuelos de la muerte. Hace poco también fue detenido en Valencia el piloto de la aerolínea holandesa Transavia, Julio Alberto Poch, también partícipe del exterminio.
En 1995, el periodista argentino Horacio Verbitsky publicó el libro El Vuelo, que contiene el relato escalofriante de Scilingo sobre la metodología del exterminio, el aval de la Iglesia Católica para eliminar a los opositores. Aquí un extracto de la entrevista.
—¿En las conversaciones entre ustedes, cómo se referían a eso? —El vuelo.
—Descríbame cuál fue el paso siguiente.
—Fui al sótano, donde estaban los que iban a volar. Abajo no quedaba nadie. Ahí se les informó de que iban a ser trasladados al sur y que por ese motivo se les iba a poner una vacuna. Se les aplicó la vacuna… quiero decir una dosis para atontarlos, sedante. Así se les adormecía.
— ¿Dosis de qué?
—No sé, una inyección.
— ¿Quién la aplicaba?
—Uno de los médicos que estaba destinado allí.
—¿Un médico naval?
—Sí. Después se los subió a un camión de la Armada, un camión verde con toldo de lona. Fuimos al Aeroparque, entramos por la puerta de atrás y ahí nos enteramos de que no era un Electra de la Armada, sino un Skyvan de la Prefectura el que haría el vuelo. Como no cabían todos, se dividió en dos el grupo que iba a volar. Yo iba como pinche. No sé por qué me nombran a mí a cargo del primer vuelo. Al avión subimos dos, yo y mi jefe y supervisor en el tema automotores, el teniente Vaca, que después resultó que no era tal teniente Vaca, sino un abogado civil contratado, primo (jefe de Inteligencia del grupo de tareas) del ‘Tigre’ Acosta. A partir de ahí se cargaron como zombies a los subversivos y se embarcaron en el avión.
—¿Cuál era la reacción de los detenidos cuando les decían de la vacuna y del traslado?
—Estaban contentos.
—¿No sospechaban de qué se trataba? — Para nada.
—¿En qué lapso se empezaron a atontar por efecto de la droga? —Corto.
—¿Durante el viaje? —No, antes de salir.
—¿Podían subir al avión caminando a pesar de la droga? —No. Había que ayudarlos.
—¿No tenían conciencia de lo que estaba pasando? —De eso no tengo ninguna duda. Nadie tenía conciencia de que iba a morir. —¿Los capellanes aprobaban el método?
—Sí. Después del primer vuelo, pese a todo lo que le estoy diciendo, me costó a nivel personal aceptarlo. Al regreso, aunque fríamente pensara que estaba bien, interiormente la realidad no era así. Creo que es un problema del ser humano, si hubiese tenido que fusilar me hubiera sentido igual. No creo que a ningún ser humano matar le cause placer. Al día no me sentía muy bien y estuve hablando con el capellán de la Escuela, que le encontró una explicación cristina al tema. No sé si me reconfortó, pero al menos me hizo sentir mejor.
—¿Cuál fue la explicación cristiana?
—No me acuerdo bien, pero me hablaba de que era una muerte cristiana, porque no sufrían, porque no era traumática, que había que eliminarlos, que la guerra era la guerra, que incluso en la Biblia estaba prevista la eliminación del yuyo del trigal. Me dio cierto apoyo.
—¿Otros compañeros suyos también se sintieron perturbados? —En el fondo todos se sentían perturbados.
—¿Pero no hablaban entre ustedes? —Era tabú.
—¿Cuando los prisioneros se dormían, qué hacían ustedes? —Esto es muy morboso.
—Morboso es lo que hicieron ustedes. —No me gustaría que alguien pudiera pensar que siento placer al contar esto.
—Ya ha quedado claro que usted quiere hablar de Rolón y de Astiz. Soy yo quien le pregunta por los detalles del vuelo, para que no quede como una abstracción…
—Hay cuatro cosas que me tienen mal. Los dos vuelos que hice, la persona que vi torturar y el recuerdo de las cadenas y los grillos. Los vi apenas un par de veces, pero no puedo olvidar ese ruido. No quiero hablar de eso. Déjeme ir.
—Esto no es la ESMA. Usted está aquí por su voluntad y se puede ir cuando quiera…
—Sí, ya sé. No quise decir eso. Hay detalles que son importantes pero me cuesta contarlos. Lo pienso y me rayo. Se los desvestía desmayados y, cuando el comandante del avión daba la orden, en función de dónde estaba el avión, se abría la portezuela y se los arrojaba desnudos uno por uno. Ésa es la historia. Macabra historia, real, y que nadie puede desmentir.
Se hacía desde aviones Skyvan de la Prefectura y en aviones Electra de la Armada. En el Skyvan por la portezuela de atrás que se abre de arriba hacia abajo. Es un gran portón pero sin posiciones intermedias. Está cerrada o está abierta, por lo cual se mantiene en posición de abierta. El suboficial pisaba la puerta, una especie de puerta basculante, para que quedaran 40 centímetros de hueco hacia el vacío. Después empezamos a bajar a los subversivos por ahí. Yo, que estaba bastante nervioso por la situación que se estaba viviendo, casi me caigo y me voy por el vacío.
—¿Cómo? —Patiné y me agarraron.
—¿Cómo llevaban a las personas dormidas hasta la puerta? —Entre dos.
—¿Los arrastraban? —Los levantábamos hasta la puerta.
—Ellos permanecían dormidos… —Totalmente dormidos. Nadie sufrió absolutamente nada.
—¿Nunca hubo ninguna excepción? (Esta pregunta parece inquietarlo más que otras. Piensa y repiensa antes de contestar).
—No, que pueda certificarlo.
—Usted nunca vio a una persona que se despertara?
—¿Que se…?
—Que se despertara… — No, nunca lo vi.
—Que se resistiera… —No, no, no.
—¿Y su resbalón a que se debió?
—Patiné porque es metálico el piso del avión, y casi me voy para abajo, haciendo fuerza moviendo cuerpos de subversivos.
—¿Qué cantidad de personas calcula que fueron asesinadas de ese modo? —De 15 a 20 por miércoles.
—¿Durante cuánto tiempo? — Dos años.
—Dos años, cien miércoles: de 1.500 a 2.000 personas… —Sí.
Adolfo Scilingo fue condenado en 2005 a 640 años de prisión bajo el principio de Justicia Universal por haber arrojado a 30 personas vivas al mar a aguas del Oceáno Atlántico en los “vuelos de la muerte”.
En el juicio, que duró ocho años, el ex militar en las audiencias se mostró impávido y expresó que todo lo que lo que contó al periodista argentino era una farsa armada para el juez español Baltasar Garzón.
Horacio Verbitsky, un prolífico escritor, publicó El silencio, donde revela que muchos ‘subversivos’ detenidos en la temible ESMA fueron trasladados a una isla propiedad de la Iglesia Católica para escapar a los ojos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que visitó ese centro en 1979, donde no encontró ni rastro de los prisioneros, lo que dejó al descubierto la complicidad de la Iglesia con el régimen militar argentino.
No se conoce otro caso en el mundo de un campo de concentración en una propiedad eclesiástica. El libro también revela las relaciones secretas del ex jefe de la Junta Militar almirante Emilio Massera con el papa Paulo VI, el doble juego del cardenal primado Jorge Bergoglio, la colaboración del nuncio Pío Laghi y del secretario del vicariato castrense Emilio Graselli con el programa de reeducación de prisioneros de la ESMA.
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